Hildur, la reina de los Elfos

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En una región montañosa del norte de Islandia habitaba un granjero trabajador y gentil. No estaba casado pero su ama de llaves, llamada Hildur, era amable y bondadosa. Aunque un misterio rodeaba su existencia: el granjero no sabía nada de su vida anterior. El granjero tenía un grave problema: le costaba encontrar pastores que cuidaran de su rebaño ya que todos los que contrataba, aparecían la mañana de Navidad muertos en extrañas circunstancias, sin heridas ni ninguna señal que explicara su muerte. Desmoralizado, el granjero dejó de contratar pastores y que las ovejas se cuidaran solas. Hasta que un día llegó un joven buscando trabajo y le pidió ser su pastor. «De ninguna manera, todos acaban muertos». «Yo no tengo miedo a la muerte», respondió el joven. Y así fue como consiguió el empleo.

La víspera de Nochebuena, como cada año, el granjero y sus mozos marcharon a la iglesia. Todos excepto el pastor, que no podía dejar al rebaño e Hildur, encargada de preparar la fiesta de Navidad del día siguiente. Cuando esa noche el pastor regresó a su cabaña recordó el destino de sus antecesores, por lo que se dispuso a permanecer alerta y despierto. Escuchó los pasos de Hildur aproximarse a la cama y fingió dormir. La ama de llaves le introdujo una brida mágica en la boca y lo arrastró fuera de la cabaña, subiéndose sobre él y usándolo de corcel para volar por los aires. Aterrizaron en un acantilado y el pastor quedó supuestamente inconsciente en el suelo mientras la mujer se alejaba. El muchacho decidió seguirla, aún a riesgo de su vida, a través del hielo hasta un suntuoso palacio. Allí el rey de los elfos y sus hijos se inclinaron ante Hildur. Una gran fiesta se celebró en el castillo, ante los ojos incrédulos del pastor que permaneció escondido.

La maldición de Hildur

Al amanecer, Hildur se despidió entre lloros del rey y sus hijos, quienes suplicaban que se quedase. El niño, enfadado, tiró el anillo de su madre, con el que había estado jugando durante la noche, al suelo. El pastor aprovechó para cogerlo y esconderlo en su bolsillo. «La maldición de tu madre me obliga a marchar. Puede que esta sea mi última visita, pues pronto me descubrirán y tendré que responder por las muertes que he cometido contra mi voluntad en el mundo superior». El pastor regresó rápidamente al acantilado y fingió estar dormido mientras Hildur le volvía a colocar la brida mágica y cabalgaba de vuelta a la granja. La mujer lo acostó sobre la cama y se marchó. Al poco apareció el granjero, azorado, temiendo por su vida. «¿Sucedió algo anoche? » Le preguntó. «Tuve un sueño muy extraño», le dijo, y relató lo ocurrido delante de todos los trabajadores de la granja.

«Todo lo que dices es mentira, a no ser que puedas demostrarlo con pruebas fehacientes», dijo Hildur. «¿Acaso no es este tu anillo, reina de los elfos?» Le mostró el pastor, sacándolo del bolsillo. «El anillo es mío. Eres un hombre afortunado, prosperarás en todo lo que emprendas. Ese es mi regalo para ti». Hildur entonces contó su historia: sólo un hombre valiente que la siguiera hasta el reino de los elfos y regresara para contarlo con vida podía romper la maldición. La reina de los elfos desapareció para siempre, volviendo a su hogar. Y el pastor construyó una granja que fue la más próspera de la región. Nunca dejó de agradecer su abundancia a Hildur.

El reino de los elfos en Islandia

Muchos islandeses creen que la reina de los elfos vive en Álfaborg, una montaña rocosa que protege la aldea de Bakkagerði, en los fiordos del este de Islandia. Uno de los pueblos de Islandia más bonitos

Referencias

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